| La
callada quietud del pensamiento
no llegaba a fraguar.

Derretido en mi mente
recorría mis sienes.
Su incandescencia me sobrecogía.

El calor que manaba del sentimiento
enardecía mis sentidos,
y la llama permanecía encendida,
enarbolando inefable la locura.

Nada era más importante
que mi propio pensamiento.

Todo me aislaba.

El frenesí constante, torrente de fuego.
El fuego pensamiento todo.
El todo podía no ser nada.

Pero en la duda de que todo, sí era.
me aislaba y enardecía.
Y por eso no fraguaba.
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