| Tengo
un huerto floreado
que presiden los geranios.
Y vigilan los helechos,
en la sombra acurrucados.

Y al sonido rimbombante
de petunias trompeteras.
El jardín queda florido,
al llegar la primavera.

Cien rosales fusileros.
Cargan armas. Bayonetas.
Y custodian bellas rosas,
trajeadas con peinetas.

Los claveles cuchichean
criticando girasoles.
Porque siempre, en amarillo,
sus vestidos siempre ponen.

Con sus hábitos monjiles,
en corrillos y revuelos.
Melancólicas violetas,
oraciones dan al cielo.

En invierno se cobijan.
Cierran puertas y balcones.
Y el jardín pierde el encanto.
El perfume. Y los colores.
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