| No
sabía que mi corazón
se fundió con el dolor,
e incandescente derramó gotas
en el vacío de mi alma.

Derritió el acero de mis venas
y apagó la llama
que iluminaba el santuario
de mis sentimientos.

El cansancio germinó
y la noche doblegó el espíritu.

Los girasoles ya no florecen
sin luminosidad en los campos.

Las golondrinas,
regadas por el silencio
y confusas en la oscuridad,
susurran al viento su canto.

La puerta infinita del horizonte,
cerrada en lontananza,
no deja pasar la luz del Sol.

Desde mi atalaya contemplo
el inmenso habitáculo
iluminado por tenues luces,
que destellan como pavesas,
a punto de extinguirse.

Una nube, húmeda de rocío,
fría como un témpano,
al acariciar mi frente,
golpeó mi alma.
Y mi corazón ardiente,
arrebatado en el dolor,
se estremeció al instante.
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