| Cabalgaba
tan ufano.
Tan alegre y tan señor.
Que el camino se entregaba.
Y a la vera daba flor.

Alto era de buen porte.
Su montura, su jergón.
Y a los trotes que ella daba.
Le llevaba la pasión.

Al pasar por un convento.
Su caballo relinchó.
Siete monjas, en corrillo.
Lagrimeaban de dolor.

-¿Qué os pasa?¿ Lloráis
luto?
¿O tenéis otra razón?
Porque sólo el llanto aflora.
Cuando al alma. Parte en dos.

-¡Ay, señor. Ay mi señor!
Visto queda ya por vos.
Que una pena nos embarga.
Y aflige el corazón.

- ¡Diga usted si no es tristeza!
- ¡Diga usted si no es dolor!
Por amores la abadesa.
Ha perdido la razón.

-Y decidme sin reparo.
¿Quién su alma conquistó?
Pues amarlo, debe mucho.
Dada ya su condición.

-Ella dice. Que a una espiga.
Que en trigales se encontró.
La cortó con fina hoja.
Y al convento la llevó.

-No comprendo tal locura.
¡Pues perdida es la razón!
En verdad que me entristece.
Su manía y cerrazón.
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