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Soy la piedra a la que baña
el riachuelo.
La que permanece estática
en medio la corriente.
La que parte y divide el agua que
transita.
Humedecida por la lágrima
constante.
Que contempla la orilla silenciosa.
Queriendo allí llegar en
un instante.

Sólo el tiempo desgastará mi
existencia.
Para abrir mi corazón enquistado
en las ausencias.
Pues la esencia que anquilosa la
paciencia.
Reverberará y se esparcirá cada
mañana.
Al contemplar la quietud que de
ella emana.

Pues aunque quedo presa en medio
de este río.
Y la orilla contemplo con hastío.

Nadará mi pensamiento con
premura.
Y alcanzará la orilla, por
ventura.
Logrando, tal vez.
¡Quién sabe cuando!
Adentrarme en el prado y la espesura.

Y el riachuelo seguirá su
camino.
Y seguirás viendo la piedra,
eternamente enmohecida.
Mas yo no estaré en sus entrañas.
Porque la fuerza que lleva la corriente.
Arrastrará sin piedad cualquier
locura.

Y no me ceñiré a las
ataduras.
Que el tiempo impone en el camino.
Pues aunque el río precipite
su andadura.
¡Lograré desbordarme
en mi destino!
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